¿Qué pretende usted de mí?
Por Juan Frick
“¡Así te quería tener! ¡Carne sobre carne!”. Ataviada dentro de una túnica que manifiesta sin pudor un escote demasiado ostentoso, Delicia es empujada sobre una res por Humberto, un encendido compañero que pretende violarla en la cámara frigorífica donde trabajan. Claro que para la ingenua muchacha ésta no ha sido su primera vez. “El Macho”, rufián de poca monta, la merodea agazapado para poseer su sexo por la fuerza cuando cada día ella cruza el solitario trayecto que separa su casa del trabajo. Una mañana, luego de tanto maltrato, la cándida Delicia se revela: “¿Qué pretende usted de mí? ¡Por favor, no me viole! ¡Piense en su madre, piense en su hermana! Ellas también son mujeres. ¡Suélteme, sinvergüenza! ¡Maldito, canalla, hijo de…puta!”
Ambas escenas pertenecen a Carne, un filme antológico cargado de simbolismo ganadero que vigoriza el costado agroexportador de la Argentina libre de aftosa, producido, guionado y dirigido en 1968 por Armando Bó y en el cual su musa, Isabel Sarli, o simplemente “La Coca”, se embute en la piel de una chica de barrio que es secuestrada dentro de un camión y violada reiteradamente por sus compañeros de labores.
Obrera de un cine definitivamente bizarro, Hilda Isabel Gorrindo Sarli nació en Concordia, Entre Ríos, bajo la luna de cáncer de 1930, para convertir la encantadora vulgaridad de su arte barato en una auténtica marca de de culto cuando Bó, amante imperecedero, creó el mito de la morocha escultural que ante diferentes situaciones de peligro se frotaba los senos murmurando palabras que se acercaban más a la inocencia que a la seducción.
Durante más de dos décadas, en la pantalla y con argumentos poco creíbles y gravísimos problemas técnicos, “La Coca” fue condenada a revolcarse en cuanto lodo, charco o laguna encontrara. Así, interpretó a una dedicada esposa que no sabía cómo controlar su ninfomanía (en la excepcional Fuego) o a una mujer con un afecto particular hacia los caballos (Fiebre), entre otros papeles.
Sucede que la señora tuvo carne de leyenda desde sus inicios; a pesar de ser una actriz atroz, hacedora de un cine catastrófico, con pésimos guiones, encuadre aficionado, iluminación inexistente y bandas sonoras para el suicidio, el público que la entendió siempre buscó ver a “La Coca”, a su escote desbordante, a su explosiva naturaleza y a su curiosa versión de sensualidad. Verla, gozarla y nunca, pero nunca, tratar de explicarla; esa es la cuestión.

