Ídolos paganos
La desmesura, para los antiguos griegos, estaba representada por la diosa Hybris. De allí que el pecado de Hybris, o arrogancia, fuera penado por Némesis, divinidad que velaba por el orden y la justicia. Según Aristóteles, la hybris fue el motivo principal de las tragedias griegas. El castigo se aplicaba sin concesiones y sobrevenía en el momento de gloria del soberbio.
Pappo: Nadie se atreva
Quienes diseñan ciudades tienden a clasificar. Por eso, del bodoque de cemento enclavado en el kilómetro 71 de la ruta nacional 5, en las afueras de Luján, Argentina, sobresale un cartel que reza - esa es la palabra- “Monumento Norberto ‘Pappo’ Napolitano”. Quienes diseñan ciudades no imaginan que lo que ellos llaman “monumento” pronto se convertirá en un santuario. Para ellos se erige en el centro de la ciudad y que es visitada por millones de peregrinos provenientes de todo el país y de América Latina. El objetivo es tan simple como un trueque: miles de segundos caminados a cambio de que la virgen les cumpla una promesa.
Quienes diseñan ciudades tampoco sospechan que, si se trazara una línea imaginaria y kilométrica, esa mole quedaría ubicada exactamente de espaldas a este santuario marginal y poco ortodoxo. Y es que, quienes diseñan ciudades suelen edificar monumentos para gente muerta. A caballo, de a pie, con una espada en la mano. Es lógico entonces, que se desorienten cuando tienen que construir uno para alguien que nadie quiere creer que murió. Se puede aceptar que un prócer esté muerto. Un ídolo, en cambio, cuando se va “pasa a la inmortalidad”.
Lo dijeron las crónicas periodísticas, como siempre, el día después. “Murió Pappo en un accidente de tránsito”. La televisión optó por el fondo rojo y las letras catástrofe: “Se mató el músico Pappo”. Y todos dieron los datos que se dan siempre: que iba en moto, que salía de cenar con su hijo Luciano, que había tomado de más, que lo embistió un auto en las afueras de Luján, que había un encuentro de motoqueros en la zona. Un año después, un grupo de seguidores y amigos decide recordarlo en el mismo lugar de la tragedia. Hasta aquí, todos cumplen con el manual del perfecto homenaje, paso a paso: se había estipulado una convocatoria, un encuentro de personas, un monolito, un minuto de recuerdo y hasta oradores. Pero la tradición fue dándole a lugar a la heterodoxia. Las personas peregrinaron hasta el lugar, en su mayoría en moto. El monolito terminó adoptando la forma de una guitarra. El minuto de recuerdo fue un minuto de ruido de motos. Y el orador terminó siendo un sacerdote con gorra negra que recitaba canciones de Pappo como salmos.
Las casualidades, esas que afloran cuando se presentan las tragedias, hicieron que Desconfío, la canción más popular dePappo, narrara una despedida. Hasta el clima fue cómplice del ritual: caía una lluvia finita y era uno de los días más grises de todo el verano. El broche perfecto para el rito pagano que recién acababa de empezar. “No sé por qué/ imaginé/ que estábamos unidos/ y me sentí mejor/pero aquí estoy/ tan solo en la vida/ que mejor me voy”. Hubo casi 500 fieles para recordar a Pappo. Ni uno solo titubeó cuando el sacerdote con gorra negra cerró su plegaria-canción con la palabra “Amén”. No hay flores. Apenas dos días después del homenaje, en el monolito hay cartas, una remera de Riff, algunas fotos, una camiseta de fútbol y una botella de fernet. Todo fue dejado como ofrenda por los transeúntes que pasan por ahí. Es domingo y nadie sabe muy bien qué comportamiento adoptar frente a ese extraño monumento.
Cuando alguien entra a un templo suele quedarse callado, cambiar el gesto por uno que denote seriedad o mirar con aires de solemnidad. En este santuario los que se acercan actúan de la misma manera. Un hombre se plantifica y queda más de 15 minutos mirando. Otro, saca fotos. Más allá, una madre joven reta a su hijo que pareciera que apenas aprende a caminar, lo levanta y le dice que no tiene que tocar “la piedra de Pappo”. Llega un grupo en moto. Estacionan exactamente al lado de una de las familias que fue hasta el lugar para dar un paseo como cualquier otro y deshojar la abulia dominguera.
De una de las motos baja un hombre gigante. Los más chicos de esa familia lo miran y abren los ojos como si estuvieran viendo a un fantasma. El hombre -que se llama Ricky y viajó especialmente desde Villa Soldati para “estar” al lado de su ídolo de toda la vida- camina hasta el monumento. Extiende un brazo y entre la ropa de cuero asoma una mano enorme. Primero toca la guitarra, después recorre las letras grises que dicen “Pappo: 1950… Por siempre”. Se sabe, los ídolos no mueren. Con la misma mano que tocó la piedra, Ricky se seca las lágrimas que caen de sus ojos. Después se persigna y pone un cigarrillo como ofrenda. Va en búsqueda de su moto, acelera, y se pierde en uno de esos charcos que forma el sol sobre el cemento.
Gilda: No me arrepiento
La bailanta argentina tiene al menos dos santos como custodios. Gilda fue la pionera al morir el 7 de setiembre de 1996. Tenía 35 años, era sexy, showbusiness obliga, y en eso la ayudaba la eterna minifalda adherida a las caderas. Postmodernos e innegablemente terrenales son los indicios que dan basamento a la fe en Gilda. El primer hecho llamativo, por no llamarlo livianamente “milagro”, fue el descubrimiento de un casete entre la chatarra a la que quedó reducida el ómnibus en el que viajaba. Se llamaba Miriam Alejandra Bianchi y era maestra. Pero la que murió en la ruta 12 fue Gilda, el nombre que le hubiera puesto su mamá, si la ley argentina no se hubiera interpuesto. El dichoso casete guardaba una sorpresa: un tema inédito titulado No es una despedida, donde cantaba, insuflando ánimos desde el más allá: “Recuérdame a cada momento porque estaré contigo,/ no pienses que voy a dejarte porque estarás conmigo,/ desde ahora en adelante vivirás dentro de mí…/”.
Las interpretaciones facilistas estaban servidas. “Fue premonitorio. Y no fue lo único premonitorio en su vida”, declaró Juan Llamosas, un fanático que ni lento ni perezoso lanzó un portal en la red evocando su imagen y su poder sanador. Las supuestas pruebas de los milagros de la santa -virgen no, claro está- del ambiente tropical, eran grandilocuentes: gente atropellada que salía ilesa de entre los hierros torcidos, meningitis curadas sin secuelas y un largo etcétera. Los seguidores de Gilda procuraban sus mágicos dones por vías realmente alternativas: escuchando casetes, rezándole a afiches satinados, colocando fotos de la bella cantante donde mejor les iluminase. Aquel fanático precursor congregó miles de adherentes on line hasta que la ley lo obligó a cerrar el sitio. Pero la obra de santa Gilda, aunque el Vaticano la ignore, continúa teniendo quien la defienda. Lo de María Esther, por ejemplo, fue casi un apostolado. Erigió un altar al costado de la ruta y gracias a esa pequeña obra de ingeniería asegura haber ganado la lotería.
Rodrigo: Así pega más
Rodrigo Alejandro Bueno, alias ‘El Potro’, llevaba el pelo azul cuando perdió la vida en el kilómetro 25 de la autopista que une Buenos Aires con La Plata. La casualidad trágica lo emparentó con ´El Mago´, que aparte de su diferencia de nacionalidad, era más afecto a la gomina. No obstante las distancias, desde ese 24 de junio del año 2000, el aniversario de la muerte de Gardel es también fecha luctuosa para los cuarteteros. Rodrigo se dirigía entonces a su enésimo show de la noche. Se sobre exigía. O lo explotaban, así de simple. Ya no era el cordobés de atuendo cruza Vicio en Miami con el videoclip de Thriller. Era amigo de Maradona. Ya había dejado de ser un excéntrico vistoso, a secas. Era un ídolo de multitudes, de esos que sin renunciar al fernet con soda fueron invitados con champán en el living de Susana. Después de años en la bailanta, había logrado el crossover. Tenía un hijo chico, una ex mujer oficial, una novia en uso y un tendal en el prontuario.
Igual que Gilda, Rodrigo tuvo un hit de estreno póstumo. Como a ella, le levantaron altares. A modo de exvotos, le dejaron cerveza y cigarrillos encendidos, en lugar de velas. Accesos señalizados y hasta un puente facilitado por la municipalidad de Berazategui allanan el camino a los que deciden ir en procesión, incluso cruzando las fronteras. Y Crónica TV no ceja en su misión de informar si los monolitos o las ermitas que recuerdan a estos ídolos están bajo custodia adecuada. Si las velas no arden, si las fotos no lloran, si faltan flores de plástico, allí están las cámaras.
Elvis: Alguien que me quiera
La agencia AFP anunció un vuelo sin escalas Tokio-Memphis. Ocurrirá el próximo agosto, si el primer ministro de Japón, Junichiro Koizumi, fan declarado de Elvis Presley, cumple con la promesa de festejar el final de sus cinco años en el poder con una visita oficial a Graceland, la mansión del rey del rock & roll. El político japonés puede estar seguro de que no estará solo. La peregrinación a Graceland es una fija entre los seguidores del difunto -aunque muchos sostienen que sigue entre nosotros-, en especial durante la semana Elvis, cuando el legado cobra vida. Hay tours de todo tipo organizados en la mansión del astro, cuyos muros son autografiados sin pausa desde la década del ´50. La entrada cuesta alrededor de US$ 20. Aunque el vecindario no es tan exclusivo como en épocas de Elvis, para los seguidores, los paseos valen la pena. Incluyen un recorrido con guía auditiva (en varios idiomas), con acceso a la vasta colección de ropa y premios, un vistazo a los dos aeroplanos del rey, así como a muchos de sus automóviles y motocicletas. Y, por supuesto, hay memorabilia disponible para medio siglo más de rock.
agustina larrea / macarena langleib
Diana: Tras la pista de la princesa
“Después de ser perseguidos por los paparazzi toda la tarde, Diana y Dodi se refugiaron en el hotel Ritz para una cena íntima. Cuando partieron, dos horas más tarde, los hombres de las cámaras estaban esperando y les dieron caza con motocicletas. La persecusión terminó en un túnel a orillas del Sena.” Con esa economía de palabras, la revista Newsweek resumía el final de la princesa de Gales en su número conmemorativo del 3 de noviembre de 1997. “Su vida se convirtió en un trágico círculo: los fotógrafos la querían a muerte”, agregó Andrew Morton, su polémico biógrafo. Pasaron años, demandas, subastas y hasta ocurrió el impensable casamiento entre Camilla y Carlos. Varios pasaron bajo el puente. Aquí, una uruguaya que volvió para contar sus impresiones. Corría el año 1999, para ser más exactos el mes de enero, cuando tuve la chance de visitar París debido a un fugaz e inesperado viaje laboral. Como ya tenía la suerte de conocer la ciudad, aproveché para visitar rápidamente aquellos puntos de los cuales tenía lindos recuerdos. Debido a la proximidad con el accidente de Lady Di y, casualmente, habiéndome alojado cerca del hotel donde ella pasó sus últimas horas, en un ataque de cholulismo me dediqué a hacer el mismo recorrido que la princesa. Como era de esperar, desemboqué en el Puente del Alma, para ese entonces ya bastante tranquilo de paparazzi y curiosos turistas. El lugar, fuera de su significado “histórico” es un túnel sin nada fuera de lo común. Sentada un ratito en sus alrededores, percibí que las paredes que lo cubren están atestadas de firmas y frases que la gente deja, aludiendo a la princesa o simplemente estampando su firma, como acto de presencia. Eso mismo fue lo que hice y así lo dejé registrado. Acto seguido me convertí en una copia patética del inspector Poirot, evaluando y analizando las posibilidades que tuvieron de salvarse y/o estrellarse. En mi humilde opinión, concluí que el chofer estaba totalmente beodo o hubo premeditación. El carril es bastante estrecho y simple como para chocar con cualquier otro vehículo que circule en su mismo sentido o darse de bruces contra la columna. Este es mi testimonio y dejo sentado que no soy precisamente una fan de Lady Di, sino una curiosa y morbosa turista atrapada por las pistas de cuanto sangriento suceso nos haga creer por un momento protagonistas de alguna novela policial o forense….. Pensándolo bien: por algo fui a conocer los lugares donde asesinaron a la esposa de O.J. Simpson y a su acompañante, donde balearon a Tupac Shakur…, pero esas ya son otras historias.
/ sibyla trabal

