Las entrañas de un depósito de almas

Museo Blanes

 

Por Alejandra Rosencof

El viejo Blanes nunca imaginó que el museo que lo homenajea sea casi tan conocido por eso como por ser la casa de una niña escandalosa que retrató en algún momento, a fines de la década de 1850. Clara García de Zúñiga, “Clarita” para los íntimos (sean del siglo que sean), fue la propietaria de esta quinta del Prado, más bien una villa palladiana, entre 1872 y 1892. Su leyenda la adueñó de la casa para siempre.

El cruce en la historia de estos personajes tuvo consecuencias: un cuadro maravilloso que preside la sala de entrada al Museo Blanes, desde el que una niña de ojos tristes mira a sus visitantes para siempre. Clarita es la anfitriona más surrealista que hubo en la historia de Montevideo. Los escolares, luego de ver embelesados a los treinta y tres orientales, quedan hipnotizados al escuchar la historia de esta mujer. Los serenos hablan de ella en presente y con una familiaridad que deja la piel de gallina. Es imposible saber si esta mujer, heredera de una enorme fortuna y víctima de los hombres de su familia, alguna vez estuvo realmente loca. Lo que sí se “rumorea” es que alegando que estaba fuera de control le construyeron un altillo (¿o el altillo estaba antes?) y la encerraron (¿o le gustaba estar sola allá arriba?). Y esa casa, con aires de palacete, se convirtió en su cárcel y su infierno. Esta mujer, madre de Roberto de las Carreras (el “dandy” del novecientos por excelencia), inteligente, evolucionaria y promiscua, y dejó un halo tras de sí que no conoce el paso del tiempo.

Claroscuro 37

“(…) El plano principal - de la casa - está elevado dejando un plano semisubterráneo destinado a las funciones de servicio y a los trabajos agrícolas (…)” Así describe el informe arquitectónico el depósito, el sótano que esta debajo de la casa. En sus orígenes funcionaba como cocina y vivienda para la servidumbre. Aquí se elaboraban los manjares que arriba, en el lujo más desmedido, eran consumidos por anfitriones e invitados.

“… yo más que nada siento el crujir de los pisos… y el secador de manos del baño de damas se prende solo… casi todas las noches…” cuenta el sereno. Y sigue: “(…) Se siente como que hay movimientos, que hay algo,… yo supongo que sí , que algo hay, creo que hay espíritus que están viviendo en otra dimensión, no es más que eso (…) Vos sentís que no estás solo acá (…) llega el momento en el que sentís algo alrededor, pero ese “algo” no te va a hacer nada (…) Hace tanto tiempo que uno está acá, si hay algo que me quiere hacer mal, lo hubiera hecho hace rato.” Mira alrededor mientras nos cuenta, como esperando la complicidad de ese “algo”. No me habla solo a mí. Las esculturas, las imágenes que nos miran desde los cuadros viejos, parecen estar detenidos, esperando en su oscuro y silencioso depósito que algo pase,… solo ellos sabrán qué.



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