La vieja de la bolsa
Por Ana Pais
“¡Retírese de acá! ¡Váyase ahora mismo!”. Rodeada de grandes bolsas, a su vez cubiertas de nylon transparente, Esther grita a cualquier curioso que intente hablarle. La falta de privacidad en su casa es inevitable: con casi 70 años, vive desde hace diez a orillas del lago del Parque Rodó, en el margen que da a la calle Gonzalo Ramírez.
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Ana Conte es dueña de la peluquería Nellyana que está cruzando Gonzalo Ramírez. En su vereda, Esther se acomoda cada tarde para resguardarse del frío nocturno. “A eso de las cinco empieza a traer sus bolsitas para acá, las pone todas en hilera y limpia el lugar en el que estuvo. Al día siguiente, cuando está amaneciendo, lleva todo de vuelta para enfrente y limpia toda esta vereda. Ella barre y baldea todo. Es una persona muy limpia: se lava el pelo y el cuerpo del pecho para arriba, y también lava la ropa, que la cuelga ahí, entre los árboles. Para hacer sus necesidades hace un pozo y después lo tapa, y cuando hace pichí, tira agua. Me dijeron que a los refugios no le gusta ir porque hay pulgas, bichos y gente sucia, y a ella no le gusta la suciedad, la detesta. En verdad es muy contradictorio, porque ella es súper pulcra, pero todo lo que tiene allí en las bolsas es mugre”.
“No habla con nadie. Sólo con una señora que le lleva la comida, una italiana que vive acá a la vuelta que es simpatiquísima. Por lo que me contaron, es una señora que tuvo su historia: estaba casada y vivía en su propia casa, pero cuando quedó viuda, como nunca había trabajado, perdió todo y quedó en la calle. Es como para hacer una novela”.
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Luisa Perno es una italiana que llegó a Uruguay en 1947, y tiene contacto con Esther hace ya un año y medio. Desde entonces, dos veces al día, le lleva comida. “Como quería avicinarme a ella, un día la intenté ayudar a levantar las bolsas, pero me gritó. Entonces le pregunté si quería una milanesa y me dijo que sí. A partir de ahí empecé a darle siempre de comer. Pero con gente que no conoce, no habla y no acepta comida… Tiene miedo. Cada vez que cocino ravioles o hago comida casera, le llevo. Y ella es muy prolija. Yo pongo la comida siempre en esos tachitos de gelato de kilo, kilo y medio, y cuando junta tres o cuatro me los da lavados”.
“Repite mucho que ella no es normale. ¡Y tantas veces le pregunto cosas y responde bien! No es boba, estúpida, ni nada. Una vez vino la policía y quería llevarla, porque decían que molestaba con sus bolsas en el Gonzalo Ramírez. Pero las bolsas las tiene para ripararse y no molesta a nadie. Es una mujer buena, sana y limpia. Está en el lugar de ella”.

