Syd en el cielo con diamantes
Por Javier Lyonnet
Se terminó de ir cuando la mitad del mundo pensaba que ya estaba muerto y enterrado. Tenía 60 años y los últimos 35 los dedicó -que se sepa- a estar en su casa en Cambridgeshire, ocuparse del jardín, hacer los mandados en chiva y pintar cuadros abstractos.
Era eso, o quemarse como una bengala al estilo Hendrix, Joplin, Morrison, Brian Jones. Su salvación y su condena fueron la esquizofrenia, el mal de Asperger y los cuelgues de ácido que lo hicieron impresentable en escena y en estudio. Se perdió la impresionante trayectoria de Pink Floyd, sobre la escenificación visual de shows que Barrett soñó pero no hubiera soportado. Se salvó de los vergonzosos estertores del grupo, disputándose el nombre, las canciones y reuniéndose por única vez para, supuestamente, juntar unos mangos para África.
Roger “Syd” Barrett inventó Pink Floyd en 1965 y lo tuvo que dejar en 1968, después de dos simples y un disco fundacional sorprendente, disonante y despojado de hits. Fue un pirado para los estándares de Pink Floyd, lo que no es poco decir para un grupo que -sin él- grabaría una canción con un perro que cantaba junto a David Gilmour -el sustituto de Barrett- en la película-recital Pink Floyd en Pompeya. La carrera musical de Syd Barrett se resume en: un disco con Pink Floyd, una canción en el segundo disco de Pink Floyd, dos discos solistas y una recopilación solista. Sin embargo, su presencia (o más bien su ausencia) inspiró alguna de las piezas más sublimes de sus ex compañeros.
Una es Dark side of the moon, particularmente la canción Brain damage. Wish you were here, disco y canción, están dedicadas a él. Lo mismo Shine on you crazy diamond. “Quedaste atrapado en el fuego cruzado entre infancia y estrellato”, le cantaron. Impregnó, además, otros costados de la creación de la banda: el sonoro y el visual. La impactante escena de Bob Geldof rapándose y afeitándose las cejas en The Wall fue extraída de un recuerdo colectivo del grupo: Barrett dejándose caer por el estudio en el que Pink Floyd grababa Wish you were here. No tenía pelo. Ni cejas.
Prometedor, su primer simple -Arnold Layne- anticipó un disco excelente y exitoso, a pesar de que no era fácilmente digerible ni tenía hits, ni hacía aullar a las chiquilinas del swinging London: The Piper at the Gates of Dawn, debut de Pink Floyd. Errático e impredecible, Barrett fue un compositor formidable y un cantante con estilo, amigo de la improvisación y lo experimental. Del feedback y la distorsión. Tenía algo de juglar, un feeling armónico infantil o condenadamente autocomplaciente y buen oído para el blues. Era lúcido y lúdico. El filo simpaticón de algunas letras (The Gnome, Bike)
se atornillaba con un resultado peculiar en la acidez cósmica que gobernaba sus viajes musicales más espaciales. Hasta que implosionó y se volvió ajeno. Quedó todo bien con la gente de Pink Floyd. Gilmour y Waters lo acompañaron, entre marzo y julio de 1969 a los estudios Abbey Road para grabar canciones de The Madcap Laughs. En Abbey Road habían grabado el Piper…, espalda con espalda con Los Beatles, que en el estudio de al lado grababan Sgt. Peppers. Mientras en una sala de grabación se concebía Lucy in the sky with diamonds, los vecinos volvían a tocar Interstellar Overdrive.
En 1988 apareció Opel, una recopilación que ha sido acusada de abusar de la fragilidad de Barrett, editando tomas descartadas de canciones desafinadas. Sin embargo, desenterrar canciones como la propia Opel -la música es hermosa, el estribillo te desacomoda-; Word Song -ingeniosa poesía, sólo con sustantivos-, Wined and Dined, Dolly Rocker y Rats sirven para encuadrarlo como un autor complejo y un guitarrista versátil. Los versos descompensados de Wouldn’t you miss me deben haber hecho sentir culpable a Roger Waters, Rick Wright, Nick Mason y David Gilmour. La visión lisérgica de Barrett tuvo poco que ver con el hippismo californiano del que fue contemporáneo, y el tiempo demostró que los pasajes más anárquicos y distorsionados de Piper at The Gates of Dawn fueron calibrados luego como arranques protopunk por bandas como The Damned y Radiohead.
Hasta el 7 de julio de 2006 la leyenda decía que se había recluido en casa de su madre. Que cuidaba el jardín, leía y pintaba. Que tenía nulo contacto social. Un periodista del Guardian intentó entrevistarlo en 2002 pero fue despachado rápidamente por el señor Roger Barrett: cincuentón de mirada adusta, hombre apurado haciendo las compras. Morrisey, Gilmour y otros lo recordaron desde el escenario la semana pasada. Una de las fotos más recientes de Syd Barret es de 2002. Se la deben haber sacado cuando este periodista del Guardian lo paró por la calle mientras iba a comprar un repollo. Es un veterano de bermudas, camisa celeste y championes negros que camina por la vereda con unos diarios y revistas en una mano. Está serio. No tiene pelo. Ni cejas.

