El fin de Alice
A.M. HOMES
Ed. Anagrama / 2006
La autora admite que le asustan los lectores que se le acercan y confiesan haber disfrutado muchísimo el libro. No sé donde nos deja eso. Es lo único forzado del tono del libro: que entrelaza múltiples narradores (una post-adolescente huraña, un culto recluso perverso, un niño que no quiere comprender lo que comenta). Por reflejo astillado se avistan también sus respectivas víctimas y victimarios. Ésta es la faceta de la novela que rechina, porque es innecesaria mucha de su mugrosa violencia, paralela a la cual se desenvuelven historias de amor, familiares y desordenadas, plagadas de tiempo imaginario pensando al otro más que en su incómoda presencia.
Si leemos la violenta diferencia de edad de los protagonistas como alegoría, su sensacionalismo y sexualidad se neutralizan como recurso que adquiere propósito narrativo, que acerca hacia lo insondable, hacia la repetición del patrón dañino que lo catapulta al futuro en el que víctima y depredador se encuentran. Si apartamos, momentáneamente, ese ingrediente, y nos entregamos cómplices hasta encontrar reparo en la voces que entrelazan el relato, encontramos un paisaje familiar: las peligrosas penurias traídas por el objeto del deseo, la peligrosa esperanza en él para reivindicarnos, y el aburrimiento existencial que perdura, inexplicablemente, aún después de vencer, seducir, y de ser finalmente visto.
Hay temas universales: las crisis y el tiempo, la memoria y la decrepitud inexorable. Reminiscente
a Lolita (en versión fílmica sólo la de Kubrick es apropiadamente sórdida), la novela alude a Nabokov repetidas veces, duplicando también la contradictoria dimensión del personaje que es tanto temible como manso, víctima de su víctima, niño de su niña, agresor y agredido. También recuerda a Elogio a la Madrastra, de Vargas Llosa, en que los roles de niño y adulto son transgredidos y confunden hasta desencadenar en la ruptura de los personajes con su realidad. En un evidente arranque de mercantilismo, la autora publicó en EEUU una secuela de estilo documental de esta novela, algo así como una colección de parafernalia ficticia onda Hanibal Lecter. Más allá del cliché noticiario de cada día, El Fin de Alice evoca con intensidad la sensación de catástrofe súbita que se desencadena en las transiciones de cada adolescencia de la vida.

