Borges actor, o una nota imposible

Por Gonzalo Curbelo

Hace algunas semanas me llegó un mail con una noticia sobre una desconocida actuación de Jorge Luis Borges en una película perdida de 1975 en la que interpretaba a Juan Dahlmann, el protagonista de su cuento El Sur. En el mail me decían también si no me animaba a escribir una nota sobre qué personajes podría haber sido el escritor en el cine y que similitudes le encontraba al viejo escriba con personajes ya existentes en el cine. Siendo un cinéfilo irremediable y un fan de Borges fundamentalista, dije que sí, sin darme cuenta de que era una pelota envenenada, de esas que uno piensa que le va a dar un voleo que la reviente contra el firmamento y de pronto se descubre pateando el vacío del aire en una posición por demás ridícula.

Borges era ciego y el cine es un arte eminentemente visual. La actuación es ante todo el arte de controlar la propia imagen ante el espectador, de poder pensarse como espectador de uno mismo, algo evidentemente imposible para un ciego. Borges no nació ciego y era perfectamente consciente de su imagen, pero no siendo capaz de modificar sus variaciones, la cristalizó en un modelo tan definido que pueden reconocerla hasta quienes no leerían El Aleph ni amenazados por perros cimarrones.

¿Qué roles podría haber interpretado? Hay por lo menos uno que se escribió pensando en Borges, el ciego Jorge de Burgos que custodiaba los secretos de la biblioteca de El nombre de la rosa, pero una vez más es apenas una desviación del Borges icono. Pensando en el tema se me ocurrieron varios chistes malos y pedantes: una versión de Perfume de mujer en la que el enceguecido protagonista le enseñara a su aprendiz el como convertirse en un introvertido ratón de bibliotecas capaz de cerrar cualquier discusión mediante el uso de un adjetivo único, inusual pero no extravagante. O una versión de Zatoichi en la que el misterioso ciego vagara por una universidad, desarticulando con erudición y sentido común a los sabihondos posestructuralistas que la dominan mediante el uso de una jerga maligna. Sí, es para cagarme a patadas.

Los escritores, criaturas con egos importantes, suelen tentarse con la actuación, o la mera figuración cinematográfica, tal vez para que les conozcan la cara oculta atrás de tanto papel. Generalmente hacen de sí mismos, o de sus imágenes públicas, roles razonablemente accesibles para alguien no entrenado en las artes histriónicas. Así hemos visto a William Burroughs interpretando a su alter-ego, “The Priest”, en Drugstore Cowboy; hemos visto a Charles Bukowski haciendo de extra ebrio en Barfly y Kurt Vonnegut haciendo de literato despedido en De vuelta a clase; incluso hemos visto a nuestro Mario Benedetti recitando “Corazón Coraza” en alemán en una escena de la imperdonable El lado oscuro del corazón. Un caso interesante está en el documental sobre Cortázar que hizo Eduardo Montes-Bradley (sí, el mismo de No a los papelones), quién rescató unas filmaciones “artísticas” realizadas por Julio Cortázar. En algunas de ellas aparece bailando frente a la cámara. Parece un reverendo pelotudo, la verdad.

Así que, ¿de qué corno podría haber hecho el bueno de Borges en el cine descontando sus alter-egos como Dahlman y los homenajes como Jorge de Burgos? Re-leo la noticia sobre la filmación que dio origen a este problema y una frase me llama la atención: mientras rodaban, Borges casi se rompe la crisma al meter su bastón en “lo que posiblemente haya sido una vizcachera”. Y de pronto me viene a la cabeza el papel ideal que podría haber hecho el aparentemente afable pero secretamente diabólico Georgie Borges: el Viejo Vizcacha. Sí, aunque el personaje del Martín Fierro no era ciego, ¿qué importa? Borges sería un Vizcacha magnífico jodido como pocos. Imagíneselo sentenciando sus consejos pragmáticamente amorales, es un sueño. Es eso o ponerme a pensar en un Daredevil avejentado que hace piruetas con sonetos aliterados. Sí, ya sé, mil disculpas.

 



Sé el primero en agregar un comentario.



Agregar un comentario