Acaramelado el pop
Avril Lavigne: The best damn thing
Por Andrés Lasarte
Ella lo fue todo para todos y en poco tiempo. Primero el skate, la goma de mascar y los pantalones anchos, y poco después el delineador que tapaba toda esa alegría. Acordes menores y un alma que pretendía ser tomada en serio. La diva punk abrazando y siendo abrasada por el reino de lo oscuro. La diversión sucedida por la seriedad. Las caminatas en soledad. Los vasos arrojados contra la pared y el puño que no sangra cuando rompe el espejo. El auto frenando con violencia. Sólo treinta y ocho minutos y fracción. Y después de ahí, a un cajón y que sea parte del pasado.
Hoy, la vuelta a las raíces. El regreso del lollypop imperativo y soez. Tres descuidos para los amantes de lo testimonial y basta. Después, el predominio de la irreverencia rosada y adictiva. El algodón de azúcar que se derrite en la lengua casi enseguida, justo después de proveer el mayor de los placeres. Y al final, ella. Porque haciendo un balance, siempre es mejor estar feliz. Porque así todo es menos complicado. Porque estar feliz es la mejor puñetera cosa que le puede pasar a cualquiera.

