Letras, “El interior” de Martín Caparrós
Hacer Crónicas
Por Alejandro Roselló
En estas latitudes, cuando alguien se va de viaje, se dice que “hace” los lugares que visita. Alguien puede hacer Madrid, Barcelona y París, por ejemplo. Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) hizo el norte de la Argentina. Literalmente, lo hizo: el viaje dio lugar a una serie de textos en que construye el norte argentino. Un viaje es azar: personas y situaciones que de haber llegado antes o después a un sitio, probablemente no estarían allí. Por eso, cada relato de viaje es una versión original de ese lugar, una construcción. Donde va, Caparrós provoca a la realidad; la derriba antes de reconstruirla en un texto. En Sri Lanka, se adentró en el mundo del turismo sexual de menores, haciéndose pasar por pederasta para conocer a los que realmente lo eran; y escribió El sí de los niños.
En El interior, el autor escribió su propia versión del norte argentino. Caparrós nunca había publicado crónicas sobre su propio país: “La Argentina es el único país al que nunca llegué”, escribe. Es imposible llegar al país adonde se vive, pero sí se puede llegar a la otra Argentina, a la que está más allá de Buenos Aires. Caparrós lo sabe: “Si estamos en Buenos Aires tenemos dos opciones: de un lado está el interior, del otro el exterior; podemos ir al interior o al exterior. Si el interior y el exterior juntos forman un todo, entre los dos no hay nada: nosotros somos esa nada”. El autor se pone en porteño, y descubre el interior desde la extrañeza: “Germán me cuenta que es nuevito, que lo abrió hace unos meses, y yo juego mi rol: le digo que no me imaginaba que en Resistencia hubiera público para un lugar como éste”. Esta es una voz crítica, cuando no combativa: “La tolerancia me parece repugnante. La tolerancia es el desdén más bruto; la intolerancia, en cambio, es el homenaje del poderoso al diferente: la muestra de que le teme todavía”.
Caparrós es avasallador. Su voz grave y sus bigotes tupidos en plan Dalí, acobardan. El interior es un interior de ciudades y pequeñas localidades. El interior del interior –extensiones infinitas de campo- es la imagen cliché con la que habitualmente se asocia al interior. El autor rebate esta idea, y llega a una tierra llena de contrastes. El pujante negocio de la soja en Santa Fe comparte el ser parte del interior con Alecia, una mujer de Misiones, que dice que “el que no come es porque no se las rebusca”; pero que, ante la insistencia del cronista, acaba por reconocer que su familia tampoco come al final de la quincena.
El interior es eminentemente oral y visual. Abundan los testimonios en distintos registros: allí, más que en la capital, en la manera de hablar aparecen las diferencias de clase. El lugar de origen también es insalvable, y se refleja en la construcción de las oraciones: “Nada me suebra a mí, por qué me va a sobrar”, dice, en el Chaco, un hombre que cultiva lo que consume, y al que le es extraño el concepto de sembrar más de lo que necesita, para después venderlo. Este viaje también tiene su parte visual, no sólo en la descripción de paisajes, sino en la disposición gráfica del texto. Los párrafos separados por una línea, con su correspondiente salto temático, parecen islas -de contenido y de tinta- en la carilla. Asimismo, el autor escribe en verso, cuando, por ejemplo, un diálogo se cierra sobre sí mismo. El interior es la primera parte de una trilogía, con la que el autor busca abarcar todo el interior argentino. En breve, Caparrós “hará” la Pampa y la Patagonia. Dos nuevos volúmenes, dos versiones de lugares, dos construcciones.

