Un país donde todo debe morir

Colum McCann

Por Alejandro Roselló

Este es un libro de finales. Lo que realmente importa aquí es el final de los relatos y es el mismo para tres historias diferentes. El mismo final no implica la misma resolución. Los tres cuentos de Un país donde todo debe morir terminan a su manera pero, en todos, el aire que se respira a lo largo del relato acaba por imponerse. Es la misma atmósfera que atraviesa todo el libro: la de Irlanda del Norte, un país donde las diferencias religiosas no parecen resueltas ni siquiera para las nuevas generaciones. Colum McCann (Dublín, 1965) es, de los consagrados, uno de los más jóvenes escritores irlandeses.
Estas son historias duras, en que la tierra golpea a sus habitantes y sacude la estructura familiar. En el cuento que da nombre al libro, la yegua de un campesino católico queda atrapada en una riada y efectivos del ejército británico ayudan a rescatarla. Pero el hombre ha perdido a su mujer y a una hija en un accidente con un camión del ejército, y reniega de los efectivos. Katie, su otra hija, acepta y agradece la ayuda. Entonces la riada amenaza con arrastrar la relación entre padre e hija. En Madera, ante la enfermedad de un carpintero católico, el hijo narra cómo, entre su madre y él, trabajan a escondidas del enfermo y preparan en su taller las astas de madera para las procesiones protestantes. En Huelga de hambre, un adolescente se identifica con su tío en prisión, a quien no conoce, y lleva adelante su propia resistencia.
McCann tiene una prosa tan dura como sus relatos. Es, al mismo tiempo, clara y bella. Estas historias críticas generan interés por conocer el desenlace. Desenlaces que sorprenden, pero que, por otro lado, siempre son el triunfo del desequilibrio lo que los motiva. Este es un libro de finales. Un país donde todo debe morir es, desde el título, un final.

Un país donde todo debe morir
Colum McCann
El Aleph Editores, 2002



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