Varón Sentimental

Barón Biza.El inmoralista

 

Por Macarena Langleib

Rico, playboy, revolucionario, novelista, pornógrafo y criminal. La que sigue es la historia de Raúl Barón Biza (1899 -1964). Ganchos no le faltan. Hay plata, sexo, delirios de grandeza, cárcel, blasfemia y ácido corrosivo. Quizás todo pueda reducirse a un constante estado de megalomanía. Es la inferencia inmediata al caer en la cuenta de que el ricachón fue el artífice del obelisco más alto de Argentina, uno más ambicioso que el de la 9 de Julio. El monumento algunos metros más fanfarrón, ubicado en Alta Gracia, Córdoba, recordaba a su amada esposa, muerta en un accidente de aviación cuando intentaba completar un raid aéreo por las provincias argentinas. La cosa no termina ahí. Dice la leyenda que al pie de esa especie de Taj Mahal moderno fue enterrada una joya: el diamante de 45 kilates, conocido como la Cruz del sur, que don Biza le había obsequiado a su primera mujer, la actriz Myriam Stefford.
En un retrato de juventud Barón Biza aparece con mirada triste aunque desafiante, posando con un tapado rematado en cuello de piel. Ese era el porte del joven heredero con ambiciones políticas que sería capaz de alquilar un tren y llenarlo de simpatizantes para apoyar la causa yrigoyenista. Ese era el presuntuoso afrancesado –con linaje, es cierto– que sería pionero en el cultivo de oliváceas en la sierras cordobesas y de la explotación de minas de wolframio, scheelita y bismuto. Se batiría a duelo, tiraría manteca al techo en fiestas y regalos, fundaría efímeros periódicos, escribiría provocadoras misivas al Papa y novelas antisemitas y misóginas, donde las muchachitas llevaban al diablo en un cuerpo dominado por “las glándulas”, una explicación seudo científica que lo satisfacía. El acápite del libro nos previene sobre un ego importante: “Barón Biza es un autor que se leyó ayer, se leerá mañana y siempre”. Firma: Barón Biza, 1963.
En esa creativa desmesura, que condujo al muy paquete a las mazmorras una y otra vez, y de las cuales se las ingenió para salir apelando siempre a una melodramática huelga de hambre, Barón Biza se parece demasiado a dandies como su compatriota Macoco Álzaga Unzué o al local Roberto de las Carreras. Ninguno se ahorró escándalos para la época ni anécdotas para la posteridad.
La biografía que Christian Ferrer elabora sobre Barón Biza es un modo de laudar el pedido que le hizo expresamente el hijo de aquel excéntrico, Jorge Barón, un periodista atormentado por la tragedia de su familia, que pasó su juventud acompañando a su madre a las clínicas italianas donde le practicaban injertos de piel. Barón Biza la había desfigurado arrojándole ácido al rostro. Fue durante una charla sobre su inminente divorcio. Barón Biza simuló beber un whisky, pero no era alcohol lo que había en ese vaso. Después del acto infame se pegó un tiro. Se llevó con él una intensidad para vivir que este libro intenta rescatar. El autor desacredita trabajos anteriores sobre Barón Biza, como los del prestigioso español Enrique Vila-Matas, a quien tilda de desinformado, pero en su caso, el reclamo es que cae por momentos en el tedio, a causa de la minuciosidad académica del relato.

Barón Biza. El inmoralista.
Christian Ferrer – Ed. Sudamericana, 2007/ 276 páginas



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