El Zar
Bajofondo - Mar Dulce (Universal, 2007)
Por Andrés Lasarte
Perder el equilibrio en la penumbra y caerse. Encontrar en el barro un amigo fiel y derrumbarse involuntariamente hasta que los días que se suceden son demasiados. Se pueden tener eternos preconceptos para con él y su combo pero el caso es que parecen estar bastante a gusto allí, entre el barro plastificado y el misterio sincero y grácil. Y así sigue la cadena. Del arrabal a la dinner party y después a la pista pero siempre con innegable entusiasmo. Se trata de cerrar los ojos y saber. Probar todo eso que resulta indescriptible y ver si tiene el mismo gusto que ayer. Lamer la lluvia y la angustia y sentirse ambiguamente bien al descubrir que se siente algo; que dentro de sí existen puntas radicales a las que a veces es conferido el mando. Ver los movimientos y hábitos más naturales e insignificantes ser teñidos de repente por una capa perturbada de emociones que yacían ocultas bajo un sudor burócrata y apático. Es entonces cuando se debe caminar con decisión, enfrentar el espejo lleno de moho y enajenarse. Golpear todo lo que haya a mano y dejarse llevar en una actitud casi autista. Posar los ojos con recelo sobre todo lo que se mueve sin siquiera mirar. Porque al fin y al cabo no importa. Nada importa.

