La vida nueva de Orhan Pamuk

Por Macarena Langleib

Una road movie melancólica. Una saga familiar en la tangente del realismo mágico. Un triángulo amoroso atizado por el fervor existencialista que causa un libro. Esta novela del último premio Nobel de literatura, como el común de su obra, describe hábitos y burocracias turcos. Y no es la citada Me llamo Rojo –por la cual el propio Pamuk aconseja acometer su prosa-, ni la elogiada El astrólogo y el sultán, que fascinó a John Updike.

La frontera entre oriente y occidente, los vaivenes del borde, de un hombre que describió su entorno antes de moverse del bloque de apartamentos donde vivió toda su vida. De su natal Estambul a la metrópoli, de la ciudad de la que su madre desconfiaba que saliera, a Nueva York. De una supuesta observación ociosa a la más antropológica de las miradas, la del adentro. Esos fueron algunos de los lugares comunes transitados cuando Orhan Pamuk obtuvo el lauro de la Academia sueca. Su personaje en La vida nueva cumple varios de esos postulados, y del tenor de sucesos cabalísticos que fueron santo y seña de Borges y más acá de Paul Auster.

Son las páginas de un libro, o bien la luz que éste irradia, el mensaje tan certero para los iniciados, tan enigmático para el resto, el que conmina a Osman a moverse. Tras una mujer, tras el límite. Como al Sal Paradise, de Kerouac (nombrémoslo ahora ya que es tiempo de aniversario y reediciones), lo que le importa, claro, es lo que va encontrando en el camino. Lo banal y trascendente. Pero cuál es qué. Los cómics que dibujaba el tío del protagonista pueden desvelar la clave de su destino o puede que mejor lo haga el jabón que un mercado poco proteccionista amenaza con quitar de plaza. El estado alfa entre la vida y la muerte, el instante justo de la tragedia, puede ser la revelación. O quizás sólo, nada menos, que el placer masoquista, sexual, con el que Ballard provocó en Crash. Hay bastante de perverso en esto. El abanico de posibilidades. Lo inconmensurable disfrazado de cotidianeidad; las rutinas de confort que se instauran y se rompen. Algo de eso le pasó al Quijote, de tanto consumir novelas de caballería, o al Peer Gynt de Ibsen luego, que salió al mundo para descubrir que lo que añoraba estaba en su punto de partida. Qué es más real. Cuál es la punta de la madeja.

Pamuk ilusiona a su personaje, que somos nosotros con el mismo aburrimiento que él viajando en los destartalados ómnibus pueblo a pueblo, delirando, adivinando mensajes ocultos en las películas repetidas de los televisores titilantes en la oscuridad. Disfrutando el calor de ese acompañante que corre el riesgo de atravesar las carreteras junto a nosotros, de ese que de tanto buscar un sentido quizá sólo encuentre un final.
Macarena Langleib

La vida nueva, Orhan Pamuk
Ed. Alfaguara, 2007 – 379 págs.



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