Chorreando Lucidez

Grasa: Retratos de la vulgaridad argentina son 16 reflexiones que el escritor y periodista Juan José Becerra (1965, Junín, Provincia de Buenos Aires) realiza sobre personas-personajes formatos de la realidad social mediática Argentina. Sus reflexiones se articulan en breves ensayos-crónicas en las que el autor usa y valoriza la voz del narrador, para inyectar digresiones concretas con humor cáustico y demoledor. Son 258 páginas que pasan a toda velocidad, que interesan y divierten, e intelectualizan –para bien y entre otros- temas (personas) tan populares y transversales como Marcelo Tinelli y su imperio televisivo, Gran Hermano, el periodismo deportivo, Roberto Giordano, Mauricio Macri o Alan Faena, el empresario neodandy, ideólogo y dueño de Puerto Madero.

Becerra selecciona a su criterio (que fácilmente puede objetivizarse) los representantes de la vulgaridad argentina”, ésa que se conforma de poder y exitismo, y los desmenuza en un análisis inteligente, dramático (en su forma) e irreverente. “Grasa es un ejercicio, no un acto de esentimiento”, dice su autor. “Si hay una grasada, está en la burguesía”. Y esa burguesía, siguiendo la lógica de Becerra, asciende hasta el pináculo de los motores de la comunicación masiva, para construir una cultura vulgar y manipuladora, a la que todo el resto de la sociedad asiste (o consume) de una forma inconsciente y pasiva. Y como el desprecio intelectual a esa cultura no produce públicamente critica y reflexión, Becerra se da el gusto de abordarla sin prejuicios (aunque de forma terminante), para diletar con gracia y pasión sobre aquello que ciertamente interesa –en mayor o menor medida- a todos, porque, a fin de cuentas, nadie escapa a la cultura popular o populista. Es ubicua.

Muchos son los pasajes en el libro que ironizan en su interpretación la lógica de los hechos o las personas que trata, logrando al mismo tiempo la reflexión y la risa. Por ejemplo, habla del peluquero Giordano y su famosa frase: ‘No me peguen: soy Giordano’. Tremendo error. Si le estaban pegando justamente –solamente- por ser quien era, ¿por qué enunció la frase kamikaze que, una vez dicha, subió al Olimpo de los refranes populares en el que aún hierven las máximas de Vizcacha?”. Con Tinelli, el discurso de Becerra se entusiasma y se torna implacable. El capítulo sobre el muchacho de Bolívar se titula: El humor fascista de uno de nosotros. Tinelli representa para el autor el fascismo televisivo, salido de los miasmas de un espíritu humorístico agresivo y perjudicial. “La crueldad de Tinelli: una marca registrada. Se aplicó durante muchos años a través de su ejército de muchachos –sus actores cadetes- de un modo convencional: contra los débiles, y se basó en la burla, es decir en un principio bien definido de superioridad”. De alguna forma, el mercado no pide a Tinelli, sino que Tinelli domina y modela el mercado.

Esta idea de la imperfección de la quintaesencia del capitalismo (la regulación del mercado) es la que Becerra sostiene para explicar una de las causas más importantes del éxito de Tinelli, defendiéndose y argumentando contra el facilismo de es lo que la gente pide y quiere ver. Así se despacha Grasa contra Bailando por un sueño: “Él (Tinelli) es quien lidera los conciliábulos papales en los que se determina la suerte de los participantes. Lo acompañan las señoras Moria Casán y Graciela Alfano, y el otro señor, Jorge Lafauci. El lenguaje técnico que utilizan para argumentar sus votos ha ido formando con el tiempo un idioma nuevo compuesto de sólo dos palabras y media: acting, performance y coreo (apócope de coreografía)”. Grasa seguramente se queda corto con su repertorio de vulgaridad, pero, de todas formas, es lo suficientemente representativo y preciso para acotar un todo televisivo y hacerlo atractivo en el análisis; una virtud imposible de encontrar en el prime time.



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