Rec subjetivo: Punk

Por Andrés Lasarte

Comparado con la explosiva y carismática exposición de Uh huh her, la anterior entrega de Harvey, White chalk es el opuesto inmediato. Porque si su predecesor aparecía como un rejunte de las puntas más amables y redondeadas de todo eso que Harvey había sido hasta el momento y sobre todo, un disco crudo, afín con todo el revival garagero del momento, White chalk es ante todo un disco enteramente visual y romántico. Son once canciones de tristeza pasional al piano, con una instrumentación cuidadísima y letras que golpean como una turba de desconcierto, que es difícil de analizar en sus numerosas y diferentes partes.

Harvey ya había dado muestras de algo así en el álbum Is this desire? de 1998, donde las diferentes odas a la naturaleza rural desolada y nocturna explicitaban más esa veta poética y aciaga que desde Down by the water ya amenazaba con ser una constante. Pero la diferencia más notable entre Is this… y White chalk es que en este último, en lugar de experimentar con sonidos industriales, busca sonar minimalista y aterradora a la vez. Y lo logra. Es así entonces que están las voces etéreas y susurrantes que de a ratos explotan con melodías viscerales. O el piano machacante, vicioso, a veces violento, que acompaña de forma inevitablemente monocorde relatos tan personales como disfrutables. Y es que es muy difícil no entregarse cuando ella ataca con letras que hablan de felicidad ante la locura autocomplaciente o de la belleza de la lástima o de lo siniestra que puede ser la conciencia del vacío.

Si bien la instrumentación del disco maneja un perfil básicamente acústico, el resultado final es bastante más punk que lo que otras bandas que ostentan esta etiqueta llegarán a lograr en años. Esto se debe a la crudeza con la que le es fiel al cuerpo lírico de las canciones. Guitarras de ocasión que aparecen de la nada con punteos frágiles, muy característicos del folk irlandés o un bajo acústico que, con la certeza de los timbres graves, asegura que eso de lo que ella está hablando es más importante que cualquier otra cosa en el mundo. Si hubiese que describir el último trabajo de PJ Harvey con una sola palabra, lo mejor sería decir que se trata de un disco completamente orgánico. Y esto no se aplica sólo a lo musical.

Es bastante probable que, desde el vamos, White chalk haya sido una iniciativa personal para sorprender a los que se habían quedado con hambre de verdad después de escuchar su álbum anterior y eso no lo hace menos emocionante. Al contrario, justifica la excentricidad de terminar un álbum acústico a los gritos como lo adelantaban los diez tracks anteriores.



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