Eté & Los Problems: Malditos banquetes
Que los Beatles conocieran a Dylan, que Dylan se volviera
eléctrico y que los Byrds asimilaran el sonido de Mersey fue
un salto cualitativo para la historia de la música pop. Discos
como Help!, Rubber soul, Bringing it all back home, Highway
61 revisited y Mr. Tambourine man son fundacionales para lo
que se entiende como folk-rock. Es la síntesis de la banda, del
songwriter, del beat y los arreglos de guitarra. Es justamente
este caldo artístico (música como obras) el que inspira la
creación de Ernesto Tabárez (aka Eté), que debuta en el
mercado discográfico uruguayo como Eté & Los Problems
y con la edición de Malditos banquetes (Sondor), un álbum
completo (en cuanto a música, lírica y arte de tapa), que
cierra las ediciones locales del 2007 con un arresto de
esperanza.
Es que en un año de mucho flan, Malditos
banquetes es un excelente disco. De hecho, Malditos
banquetes fue disco mucho antes de serlo. Ernesto, el Víctor
Frankenstein de esta historia, una suerte de joven adulto
melancólico de cara redonda y lentes, habló de su proyecto
por años, desde que en el año 2003 apareciera un demo
suyo con dos temas que ahora están incluidos en el disco.
Esas dos melodías prometedoras del demo se volvieron en
boca de Ernesto en distintos músicos y sueños de bandas
y estudios y arreglos y creaciones y charlas discipulares
con Eduardo Darnauchans, con quien Ernesto mantuvo una
estrecha amistad y a quien homenajea en su reciente obra.
Pero Ernesto no habló en vano. Consiguió una banda potente
y rockera (todos músicos de otras bandas del medio), un
sello y un productor, Andy Adler (ex Chicos Eléctricos), un
ser demoníaco que puede hablar durante horas de música
(sabiendo lo que dice), y lo puede hacer, por ejemplo, en
perfecto inglés. Entonces Ernesto tuvo su equipo. Ahora,
¿tenía las canciones? La respuesta se escucha. Sí las tenía.
Son ocho canciones que tienen la fuerza, la belleza, los
arreglos y la improvisación necesaria como para hacer de un
disco una obra indivisible pero a la vez variada, demostrando
que los Beatles y Dylan y la literatura penetraron en la
cabeza de Ernesto de la mejor manera, y, lo más importante,
salieron de ella con gracia y talento. Malditos banquetes es
buen pop, es folk, es garage, es sutileza conceptual. Basta
escuchar el final, después de que Mayday –último trackdespliega
una buena dosis de Animals meets Young meets
Violent Femmes, para vislumbrarlo todo: allí está Ernesto,
sólo ante el piano, despidiéndose y cerrando la función como
un pequeño Lennon (o Charly), cantando “desde que tenía
memoria, ya todo estaba perdido/ desde que estaba perdido,
mejor no tener memoria”. Y hay más, claro, porque están
Algo de vanidad y El gesto de la nada. Pero mejor que seguir
contando la película, es escucharla.

