Scott Walker

On his own again

Por Andrés Lasarte

Hay algo en Scott Walker que lo hace diferente a un crooner tradicional y que va más allá del hecho de que haya grabado sus discos más significativos en los sesenta y no veinte años antes. Tampoco se trata de que haya experimentado con delirios orquestales y efectos percusivos más propios del avant garde de fines de la década siguiente o que sus últimos trabajos sean sorprendentes, viniendo de un individuo que se movió sobre los ejes del mainstream por años. No. Es algo más complejo. Hace poco, hablando de su reciente álbum, The drift (4AD, 2006), Walker le adjudicaba el carácter grandilocuente y excesivamente dramático de sus composiciones a sus sueños. Decía que en ellos todo era monstruosamente grande, de una forma desesperante, al tiempo que declaraba tener, muy a su pesar, una imaginación bastante tenebrosa. Esto refleja cierta dosis de trascendencia y guarda una estrecha relación con lo que se escucha en The drift. Una voz fantasmal y sentenciosa. Relatos en primer plano, que pueden tocarse sólo con extender un poco las extremidades y cerrar los ojos sin fuerza. Una instrumentación minimalista que conduce del caos más épico a la expectativa prudente.

Siguiendo la teoría de que hay dos maneras de escuchar música, una activa en la que el escucha sabe de qué le hablan y responde a ello con chasquidos o cualquier reacción de consciencia acerca de lo que sucede, y una pasiva en la que sólo queda esperar, ver y llegado el caso, dejarse llevar, The drift está muy cómodo en esta última categoría. Es un disco que parte de la voluntad de su creador de usar la música como una respuesta a ciertas partes de sí mismo.
Un disco que suena incoherente y misterioso como los sueños mismos, como la mente misma. Pero sería un error basarse solamente en The drift para definir como espécimen exótico de la música a Walker; no porque no lo sea. El punto es que Walker siempre fue un artista de excesos, de elementos colosales. Su carisma escénico lograba que sus palabras adquiriesen una relevancia titánica que era difícil de explicar pero estaba ahí. Su singularidad, desde muy temprano, clavó sus impulsos en el arte performático solemne, inminente, teatral. Había un compromiso con la elegancia del sonido y con la sordidez relatada, y eso además de percibirse ampliamente, era contagioso.

Walker es el ejemplo más significativo de una serie de cantantes que demostraron una fuerte pasión por la showmanship y la hicieron primordial en su arte. Se construyó a sí mismo como un esquema de elementos que respondían a sus inquietudes artísticas y que, concebidos por separado, podían parecer bastante opuestos (la chanson française y la orquestación bombástica de Wagner, la presencia autosuficiente de Sinatra y la adversidad tragicómica de Jacques Brel). Sorprende entonces que tras haber experimentado sobre su persona por años, el cantante siga dando un paso cada vez más radical que el anterior. Y si algún espíritu ingenuo supuso que la faceta más kamikaze de Scott Walker se quedaba en The drift, se equivocó. And who shall go to the ball? And what shall go to the ball? (4AD, 2007) es un disco de piezas instrumentales que nació como música de acompañamiento para una obra de danza contemporánea del London South Bank Arts Theatre. Los roces tensos e impensables que hay en este álbum hacen que The drift aparezca como un sinónimo de alivio. Es música incómoda y agresiva, hecha con cuerdas destinadas a tragarse la cordura de cualquier ser sensible. Melodías apocalípticas que hacen que nuevamente uno permanezca estático ante tanta pompa enfática.

Y hay más, mucho más para decir acerca de él. Que se bajó del tren del éxito muy poco antes de llegar a destino y que quizás esta decisión responda a una incapacidad psíquica de cargar con el peso del estrellato. Que quizás asumió que nadie valoraría sus ambiciones más bien excéntricas y por ello dejó de actuar en vivo en 1978. Todos intuyen cosas acerca de Scott Walker pero nadie maneja certezas. Un poco en respuesta a su imagen enigmática fue que el año pasado se estrenó Scott Walker: 30th century man, un documental producido por David Bowie que cuenta con entrevistas a Radiohead, Brian Eno y Johnny Marr entre otros. Siguiendo la línea del reconocimiento tardío, Universal reeditó este año los cuatro primeros álbumes del cantante, grabados entre 1967 y 1969. De todos modos, es difícil que su próximo disco salga bajo el ala protectora de una discográfica multinacional.
Scott está en lo suyo, es verdad. Pero también está más solo que nunca.
www.4ad.com/scottwalker
www.the-drift.net



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