Altez

Dios lloró cuando lo escuchó cantar

Por Juan María Hounie

Vestida con un trajecito de seda color natural y zapatos al tono, su Alteza Imperial miraba de reojo las dotes del guitarrista que a su lado tocaba para la compañía, un jovencito de 23 años oriundo de Los Cerrillos, que se ganaba la vida haciendo el bondi: César Cabrera Altez.

1. La Alteza y Altez

La princesa Sayako nació un 18 de abril de 1969. Se la conoce como la princesa plebeya, por ser la primera mujer en la historia imperial del Japón que eligió casarse con un hombre sin antecedentes aristocráticos. Para ello debió por ley renunciar a todos sus privilegios reales, incluyendo las pensiones. Para que no comenzara su nueva y común vida de monedero vacío, el gobierno nipón le obsequió como regalo de bodas un millón de dólares. Sayako, danzarina amateur y licenciada en letras, descendió de la cúspide al llano por amor. La fuerza centrífuga y pasional de un urbanista de Tokio le degradó, por voluntad, de princesa a ciudadana. Del fango se forjan los mortales, y en estos tiempos parece que lo real no proviene de los palacios. Pero en el año 2003, cuando todavía princesa, Sayako visitó Uruguay. Fue recibida en el aeropuerto por Mercedes Menafra de Batlle, por entonces la primera dama oriental, oriental de acá. El mismo día de su arribo, un 19 de noviembre, la princesa y la primera dama se trasladaron al LATU para participar de la clausura de la Exposición Hecho Acá, que Menafra patrocinaba. Allí, por única vez en su visita, Sayako se dirigió al público. Casi a la misma hora, no muy lejos del lugar, en el estudio principal de una FM montevideana (FM Del Sol 99.5), un incidente que pasó totalmente desapercibido conectó la visita de la princesa con el destino de un conductor radial.

Al escuchar que uno de los conductores afirmaba que, en lo personal, las japonesas no eran el mejor exponente de la belleza asiática, el director de la FM resolvió ipso facto suspender del aire indefinidamente al periodista, por considerar que aquella afirmación degradaba de por sí a todas las mujeres. Mientras, en el salón principal del LATU, la princesa observaba con diplomática atención el pericón que bailaba en su debut la Compañía nacional de danzas tradicionales, compañía cuya presidenta honoraria no era otra que la señora Menafra, y que
no vio el año de vida por falta de fondos. Vestida con un trajecito de seda color natural y zapatos al tono, su Alteza Imperial miraba de reojo las dotes del guitarrista que a su lado tocaba para la compañía, un jovencito de 23 años oriundo de Los Cerrillos, que se ganaba la vida haciendo el bondi: César Cabrera Altez.

2. El golpe y Altez

Viernes 27 de junio del 2008, 11 am. El PIT CNT recuerda con una manifestación los 35 años del golpe de Estado de 1973 y la huelga general en su contra. En el Centro hay varias calles cortadas. La ciudad está cubierta por una densa neblina. Todo es denso. Especialmente las caras de los trabajadores del Sunca, que desfilan por la avenida 18 de Julio. Entre voces que agitan reclamos salariales, banderas rojas y canciones de La Vela Puerca que suenan por altoparlantes, surge la figura de César Cabrera Altez. Viene cruzando la calle hacia La Pasiva. Es un joven alto, flaco, elegante. Carga el estuche de su guitarra con dignidad. Extiende la mano, observa la situación que le rodea y dice: “El pueblo siempre tiene razón”. Quince minutos más tarde hay grapamiel de por medio. Altez habla, sonríe. Al hablar trasluce cortesía y humildad. Para nada parece una joven promesa del folklore. Seguramente porque decir promesa del folklore en este país es una entelequia. Algo que es, pero no lo es a la vez. La murga, el candombe, el tango, el rock, todos tienen sus herederos. ¿Pero quién suplantará al eterno y etílico Pepe Guerra? ¿O a Larbanois y Carrero (no es una esquina)? Nadie lo sabe. La capital vive de espalda al folklore, y los cuatro meses de festivales en el interior no bastan para que germinen nuevos valores. Todo está fragmentado. Todo está olvidado. Y los números puestos de siempre ni siquiera apadrinan a los suyos. “El rock está en boga, ¿pero quién se va a jugar por un nuevo artista de folklore?”, afirma Altez con realismo pero sin lloriqueos. “La idiosincrasia es no arriesgar”. Si ya de por sí es difícil ser músico en Uruguay, más negro es el panorama para alguien que desconoce de posibles escenarios en Montevideo. El problema puede ser la cantidad. El guitarrista de una banda porteña de garage rock quizás dio en el clavo, cuando de visita por esta ciudad dijo: “Este fin de semana conocí bastantes uruguayos. ¡Todos son músicos! El que no toca la batería, la guitarra y el que no, canta”. Otro sugirió entonces editar una canción donde cada uruguayo músico aporte lo suyo. En vez de USA for Africa, Uruguay for uruguayans. No le parece mala la idea a Altez. Paga la última ronda de grapamiel y se pierde con su guitarra entre la multitud que protesta. Él nació el mismo año en que el régimen que tomó de hecho el poder en el año 1973, en el poder quiso perpetuarse mediante un plebiscito.

3. La doncella y Altez

El 20 de julio de 1971, bajo la presidencia de Jorge Pacheco Areco, el poblado canario de Los Cerrillos ve elevarse su categoría de villa a ciudad. Esa fecha bien tiene que ser recordada por la gente del lugar, que desde entonces estuvo a la altura de sus vecinos. Es un 20 de julio de 1980 que César Cabrera Altez nace en Los Cerrillos, hijo de Felipe Cabrera y María Lila. A los seis años sus padres se divorcian, y Altez se va con su madre para Argentina. Es en la pequeña ciudad de Tortuguitas (Gran Buenos Aires) que crece como un tortuguitense más. La escuela, el liceo, los amigos, las salidas, el primer porro, la primera guitarra: una Kramer básica y dura, que le sirve para aprender. Sus ídolos de esta época no llevan nombre criollos: Bon Scott, Bruce Dickinson, Jimmy Page. “Qué tremenda voz la de Scott, qué hijo de puta”. Sacando temas de Maiden o AC/DC pasa los primeros años de la adolescencia, con su barra de la vuelta, yendo de arriba para abajo con absoluta libertad. Pero en 1996, el mundo feliz de Altez se derrumba cuando su madre muere de cáncer. El dolor y la inseguridad del que al desamparo queda, sin quien al mundo lo trajo y lejos de la familia y su terruño. A los pocos meses, Altez regresa a los pagos, a Cerrillos, a casa de su padre Felipe.

4. El legado y Altez

Juan Pedro López, alias Pata brava, el más grande poeta de Los Cerrillos. Anduvo muchos caminos y conoció bien la fama. En 1929 fue invitado a España por Ramón Franco, aviador y hermano del general y dictador Francisco Franco, a quien cantó su travesía transoceánica al comando del Plus Ultra. El aviador le obsequió una guitarra española en agradecimiento. López también conoció a Carlos Gardel. El cantor le cedió una fotografía suya con la siguiente dedicatoria: “Al gran cantor uruguayo el más popular e insuperable payador sentido y buen amigo, Juan Pedro López, sinceramente”. En la repisa de su actual casa en Progreso, Altez guarda enmarcado un regalo de su novia: el poema Mi Tapera de López, junto a una foto de él y su madre. Dicen los versos: “Existe allá en Canelones una derruida tapera / voy a recordar siquiera aquellos caídos terrones / Ya no se oyen las canciones que a mi madre le cantaba / ella atenta me escuchaba y me solía decir / ¡Yo no te puedo sentir, hijo de mi alma y lloraba!”. En 1996, para campear el dolor, Altez recibe un regalo de su abuelo, Héctor Cabrera, cantor y guitarrista amateur y de alma; un legado más que un regalo: una vieja guitarra Senchordi. “Tenía todas las cuerdas levantadas, tocaba por horas y me quedaban surcos en los dedos”. Al poco tiempo su padre Felipe lo llevó a ver un festival de folklore en Rincón del Colorado. Todo le cerró al pibe de dieciséis años. Ahora los Scott, Dickinson y Page pasaron a ser López, Guerra y Zitarrosa.

5. El milico y Altez

El Parador Tajes, a orillas del río Santa Lucía, lleva su nombre por el general Máximo Tajes, que allí ubicó su mansión en 1886. En marzo de 1997, Altez debutó ante público en aquel lugar. “Estaba recagado antes de empezar. Pero una vez que arranqué, tenía que tocar tres canciones y me pasó que no me quería 44 bajar”. De la emoción, el debutante se bajaba del escenario sin desenchufar su guitarra electroacústica y le tuvieron que avisar: “Pare, pare compañero que se va enchufado”. Entonces pasó un tiempo tocando y laburando de monteador, aserrando troncos de eucaliptos con hacha y motosierra durante varios meses. En 1999 resolvió regresar a Tortuguitas, a visitar el pasado, a visitar a sus amigos. A probar otra suerte. Trabajó en una YPF como playero hasta que conoció unos veteranos que hacían música cuyana. Fue a un ensayo y quedó como guitarrista del grupo Voces del prado. En el año 2000 volvió a Los Cerrillos y tocó un tiempo con el grupo Llankiuhe. Pero marchó de nuevo. “Un vivir errante, no me encontraba, iba y venía sin saber bien por qué”.

6. El pelado y Altez

“Subte Línea B y yo me alejo más del cielo / ahí escucho el tren, ahí escucho el tren / estoy en el subsuelo, estoy en el subsuelo”. Eso canta en el verso final de Mañana en el Abasto Luca Prodan, y suena profético, apocalíptico; meses después apareció muerto en su casa, en la cama, casi en posición fetal. La línea B del subte de Buenos Aires se extiende por 10 kilómetros desde Leandro N. Alem hasta Villa Urquiza. El primer tramo se abrió al público el 17 de octubre de 1930. El viaje inaugural fue realizado por el dictador argentino José Félix Uriburu, cuya proclama revolucionaria de corte fascista fue redactada por el poeta Leopoldo Lugones, padre de Polo, considerado como el que introdujo la picana eléctrica como método de tortura, a la vez abuelo de Pirí, hija de Polo, quien murió en los años setenta torturada por militares argentinos. En el 2000, César Cabrera Altez vuelve una vez más a Buenos Aires y se pone a trabajar en la Línea B, en la estación Callao. Consigue un permiso de artista de la concesionaria Metrovías y toca la guitarra durante cuatro horas diarias, de estuche abierto en el suelo. “Se hacía una moneda, era un buen laburo”. En una jornada levantaba 40 pesos argentinos, 40 dólares para los tiempos del 1 a 1. Un poco más de 200 de los americanos a la semana, casi 1000 al mes. Un buen día Altez se encontraba tocando un candombe en su guitarra a lo que pasa un pelado, le tira unos billetes en el estuche y asevera: “Vos sos uruguayo”. ¿El pelado? Conocedor de afanos: Gustavo Cordera, de Bersuit Vergarabat. “De tanto en tanto pasaba y me
tiraba una moneda”. Ese mismo año Altez consiguió participar con un segmento de folklore en el show del cantautor uruguayo de candombe Yabor, radicado por entonces en Buenos Aires. Pero
las cosas siguieron sin conformarlo, y en enero del 2001 regresó a Cerrillos.

7. Tatú y Altez

Febrero del 2001. Mucho calor y un trabajo rutinario. César Cabrera Altez se emplea en el Frigorífico Canelones. Labura de tripero. Cuando se faena el animal y se lo abre, se tiran las tripas por un tubo. Ese triperío se limpia y se destina para el relleno de los embutidos. Gana 5000 pesos uruguayos trabajando nueve horas de lunes a viernes. En el invierno de aquel año, cansado de los delantales blancos y la sangre animal, Altez se frena un rato en la plaza de Las Piedras a mirar un guachito tocar la guitarra. Conversan. El que lleva la guitarra le habla de la buena plata que se levanta haciendo el bondi. “100 pesos la hora”. A César le parece exagerado, pero quien lo afirma, que se presenta como Tatú, lo desafía a probar, y juntos salen a hacer el bondi. Nunca más Altez regresó al frigorífico, y nunca jamás volvió a tener un trabajo que no se relacionara con la música. Fue una utilidad, y a la vez una epifanía. El camino de Tatú se hizo el suyo, y haciendo el bondi buscó salir adelante. “Yo quería eso. Dedicarme a la guitarra. ¿En un bondi? Con orgullo. No hay que tener miedo en la vida para elegir lo que uno quiere. Ha de ser jodido llegar a viejo preguntándose qué mierda hiciste”. Tiempo después de aquel encuentro en la plaza de Las Piedras, atribulado por el abuso de la merca, Tatú se mató. Se colgó.

8. Como yo te canto

“Hay muchos que opinan muy equivocados / que para cantarte lo más adecuado no es ir a buscarte /saliéndote al paso, teniéndote preso de este nuestro canto / Entre ellos cantores,
duchos de escenarios / que cantan de lejos y sin verte a diario / como yo te veo, como yo te canto / del trabajo a casa, de casa al trabajo”. Estos versos pertenecen a César Cabrera Altez. Se los inspiró un referente de la actualidad del folklore uruguayo, de esos duchos en escenarios, a quien le escuchó repudiar a los músicos callejeros por considerar indigno de un artista su trabajo en la calle. Nunca quiso mencionar quién fue el repudiante. “Poco importa su nombre, me lo guardo”. En enero del 2007 Altez, después de ahorrar y ahorrar, juntó los 18 mil pesos uruguayos que necesitaba para grabar su disco.

Antes había formado un dúo junto a su amigo Carlos Van Velthoven, con quien ganó los premios del festival de Durazno y Guitarra Negra en la rural del Prado. Pero en el 2005 Carlos marchó como militar para Haití, y Altez inició su periplo de solista. Grabó las guitarras y las voces en su disco, al que tituló Como yo te canto. Once canciones, casi todas de su autoría, variando entre ritmos folclóricos uruguayos y argentinos. Una voz límpida y armónica que llega bien adentro. Cuando quedó pronto, fue a buscar su álbum al sello Orión, de los pocos que editan folklore en Uruguay. Le dieron dos cajas con 200 copias. ¿Músico independiente? A todo trapo. Pagó, grabó, distribuyó, vendió.

Hoy día los escenarios le siguen siendo esquivos, y salvo la temporada de festivales en el interior del país, Altez se las tiene que arreglar dando clases de guitarra en tres lugares distintos. “En invierno morís, y en primavera renacés con los festivales”. Todavía sigue haciendo el bondi, “pasar la manga” como se le dice. Vive en Progreso, con su novia, y con sus perros. Ya no anda tanto como ave solitaria, errante, de aquí para allá como ternero guacho. Y aunque los grandes escenarios y la difusión la acaparan los de siempre (si hasta Jorge Nasser es uno de los principales números de cierre en los festivales), y aunque nadie estire la mano para ayudar a jóvenes folcloristas como él o Ezequiel Fascioli, Altez marcha apacible, manso, a sabiendas que su vida es la buena, la que quiere, la del hornero, como bien dicen los versos del poeta nativista uruguayo Wenceslao Varela: “Es alivio y es ventaja / hacer su mal llevadero / aprendiendo del hornero / que canta mientras trabaja”.



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