El nuevo diálogo del arte

A morir

Por Andrés De La Guarda

Entre platos de guiso y ollas populares, Sebastián Alonso y Martín Craciún crean el primer centro cultural montevideano que no responde a las usuales dinámicas de observación pasiva.

Sábado. Cerca del mediodía. Con los primeros fríos, un grupo de gente se junta en una esquina en el barrio Palermo ante distintas actividades artísticas sazonadas con un plato de comida caliente. Están los que ya fueron otros sábados y vuelven por más y los curiosos del barrio que aún no entienden bien de qué va la cosa. Se trata de Amorir, el nuevo proyecto de Sebastián Alonso y Martín Craciún, la dupla que ya dio que hablar en el 2004 con su muestra fotográfica Porno Paisaje, cuando el candidato presidencial por la Unión Cívica, Aldo Lamorte, la calificó de “despatarro moral” llevándola y llevándose hacia el mainstream por unos segundos.

El descontento de Lamorte surgía de la violencia que podía ocasionarle al público el contenido literal de algunas imágenes, en las que podían verse desde travestis semidesnudos en poses más que provocativas a maniquís luciendo lencería tras algunas vidrieras de 18 de julio. Hoy, la seducción como concepto básico queda atrás, pero sigue latente el impulso de los artistas de mirar hacia el comportamiento humano, hacia la conducta y partir desde allí para que el conjunto de los elementos que se ofrecen, sumados a una reacción determinada, sea la obra en sí. De ahí nace Amorir, un encuentro semanal que toma lugar en la esquina de Durazno y Martínez Trueba todos los sábados alrededor de las doce del día. El espacio se divide en dos: la parte de adentro del local, donde transcurre la exhibición o performance de turno y la vereda, donde se cocina y se alimenta a la concurrencia. Lo primero que sorprende de la propuesta es cómo busca (y logra) modificar ciertos patrones de estructura perceptiva.

Para un público ceñido a ciertos patrones de comportamiento social, que en parte implican ver de una forma cómoda y pasiva, Amorir puede ser una experiencia liberadora o desagradable, pero siempre radical. Y este carácter se da cuando subyacen algunos aspectos de la observación humana como la tensión ante lo inusual o desconocido, la vergüenza y el tedio. Para ejemplificar un poco, cuando tuvo lugar la muestra de Ernesto Vila, en lugar de simplemente mostrar las obras de la forma ortodoxa, Alonso y Craciún idearon un sistema mediante el cual la persona entraba a un cuarto oscuro armada solamente con una linterna y procedía a descubrir las obras poco a poco, de a pedazos y encontrándose con otros espectadores en el medio.

A eso se le suma que la comida es gratis pese a la noción socialmente generalizada de que por todo servicio hay que pagar cierta suma de dinero. Entonces hay sorpresa, hay tensión e incertidumbre. Porque claro, ¿cómo reaccionamos ante una situación en apariencia absurda? Supongamos que tenemos a músicos de la orquesta del Sodre sacando sonidos machacantes de estructuras de madera durante una hora y media. Hay que ser o muy snob o muy tonto para creer que todo está bien, que todo es normal. Y esto no quiere decir que la propuesta de Alonso y Craciún sea agresiva ni que busque agredir o romper ciertas reglas de reacción, sino que experimenta a partir de ellas para generar algo diferente al resto, lo cual es infinitamente bienvenido. Entre los artistas que han visitado Amorir están Perdedores, (la banda de Antar Kuri y Uzi Sabah), Cecilia Vignolo y Lukas Kühne. Las agendas de julio y agosto traen al divo electro-pop Vittorio Cacciatore realizando una performance de danza interpretativa y otras novedades.

Más allá de las similitudes inmediatas en cuanto a dinámica que puede tener el espacio con eventos como Ronda de Poetas de Martín Barea, donde todos los jueves una serie de invitados ofrecen una presentación libre de su obra, Amorir conforma hoy una plataforma única en el espectro del arte local. El acercamiento a la cultura popular que los artistas sostienen muestra reminiscencias del pop-art al tiempo que su obra en general es bastante analítica en términos de estructura social, reconociendo a la arquitectura como una disciplina bastante influyente en este sentido.

Tras la finalización del proyecto El Hombre Invisible, en el Museo de Arte Precolombino y Colonial, que abarcó todo mayo y parte de junio, los encuentros semanales de Amorir son una manera nueva de ver en actividad a dos artistas a quienes el rótulo de diferentes les queda más que cómodo.

Contacto: info@alonso-craciun.com


Comentarios

Irene said

Impresionate esta propuesta!
Personalmente no lo conozco, pero he escuchado comentarios y seguro vale la pena acercarse para vivir esta experiencia.
Bien por esta gente…que sigue apostando al encuentro con contenido!


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